¿Alguna vez has sentido que reaccionas igual una y otra vez, aunque cambien las personas y las circunstancias? ¿Que siempre temes lo mismo, te proteges de la misma manera y acabas en el mismo lugar? No es casualidad. Yo siempre digo que no hay casualidades, sino causalidades.
En el artículo sobre las heridas de la infancia te conté qué son y cómo me marcaron a mí. Hoy quiero ir un paso más allá y presentarte las 5 heridas de la infancia según Lise Bourbeau, con sus «máscaras», para que puedas reconocerte con cariño y sin juicio.
Un mapa para conocerte, no una etiqueta
Lise Bourbeau es una autora canadiense que en su libro Las cinco heridas que impiden ser uno mismo propone que muchas de nuestras dificultades nacen de cinco heridas emocionales: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. Para no sentir ese dolor, cada uno construye una «máscara», una forma de protegerse que acaba convirtiéndose en parte de su carácter.
Antes de seguir, algo importante: esto es un modelo de autoconocimiento, no un diagnóstico psicológico. No tiene aval científico como herramienta clínica, y nadie encaja al cien por cien en una sola herida. Úsalo como un espejo que te invita a preguntarte cosas, no como una caja en la que meterte. Lo normal es reconocerse en dos o tres.
Las 5 heridas de la infancia y sus máscaras
1. Herida de rechazo — máscara del huidizo

Nace cuando el niño siente que no es aceptado tal como es, que su existencia molesta o que no tiene derecho a ocupar espacio. De adulto, la persona huidiza tiende a desaparecer: se aísla, no se hace notar, duda de su derecho a estar en un sitio y huye cuando siente que puede ser rechazada.
Piensa en Lucía (un ejemplo inventado): en las reuniones de amigos se queda en un rincón y, si nadie le habla en diez minutos, busca una excusa para irse. Prefiere irse antes de que la ignoren. Así cree protegerse… pero se queda sola igualmente.
2. Herida de abandono — máscara del dependiente
Surge cuando el niño siente que le faltó presencia, atención o alimento emocional. De adulto, la persona dependiente necesita mucho el apoyo de los demás, le cuesta estar sola, teme profundamente que la dejen y puede aguantar situaciones que no le hacen bien con tal de no perder el vínculo.
Es la herida que más veo en temas de pareja, y por eso le he dedicado un artículo completo: cómo sanar la herida de abandono.
3. Herida de humillación — máscara del masoquista
Aparece cuando el niño sintió vergüenza de sí mismo, de su cuerpo, de sus deseos o de sus necesidades, a menudo por burlas, comparaciones o comentarios que lo hacían sentir «demasiado» o «sucio». Aquí «masoquista» no tiene nada que ver con el sentido sexual: habla de alguien que se pone siempre en último lugar.
De adulto, carga con los problemas de todos, se olvida de sí, le cuesta disfrutar sin sentir culpa y a veces se castiga a través de la comida o del exceso de responsabilidades.
4. Herida de traición — máscara del controlador
Nace cuando el niño sintió que un adulto en quien confiaba no cumplió lo prometido, lo manipuló o lo utilizó. De adulto, el controlador necesita tenerlo todo bajo control, le cuesta delegar, quiere tener la última palabra y vive con mucha desconfianza, porque en el fondo teme volver a ser engañado.
Pensemos en Javier (ejemplo inventado): revisa tres veces el trabajo de su equipo y se pone nervioso si su pareja cambia de planes sin avisar. No es que quiera mandar; es que no se fía. Soltar el control le parece peligroso.
5. Herida de injusticia — máscara del rígido

Aparece cuando el niño creció en un ambiente frío, autoritario o exigente, donde sentía que no se le valoraba ni se respetaba su individualidad. De adulto, la persona rígida busca la perfección, se exige muchísimo, controla sus emociones hasta parecer distante y le cuesta mucho pedir ayuda o mostrarse vulnerable.
Suelen ser personas muy responsables y eficientes, admiradas en el trabajo. Pero por dentro viven con la sensación de que nunca es suficiente, y les cuesta muchísimo darse permiso para descansar o equivocarse.
Mini-test: ¿cuál es tu herida principal?
Lee estas frases y marca las que sientas como tuyas. No pienses demasiado: la primera respuesta suele ser la más honesta.
Rechazo (huidizo)
- Muchas veces siento que no encajo en ningún sitio.
- Prefiero pasar desapercibido a llamar la atención.
- Cuando me siento incómodo, me voy (física o mentalmente).
Abandono (dependiente)
- Me cuesta mucho estar solo o sola.
- Si mi pareja se distancia un poco, me angustio.
- Necesito que los demás me confirmen que lo hago bien.
Humillación (masoquista)
- Me ocupo de todos antes que de mí.
- Siento culpa cuando disfruto o me doy un capricho.
- Me avergüenzo con facilidad de mi cuerpo o de mis deseos.
Traición (controlador)
- Me cuesta confiar y delegar.
- Me enfado mucho cuando alguien no cumple lo que dijo.
- Necesito saber qué va a pasar para estar tranquilo.
Injusticia (rígido)
- Me exijo muchísimo y rara vez estoy satisfecho con lo que hago.
- Me cuesta mostrar mis emociones delante de los demás.
- Las situaciones injustas me alteran de forma muy intensa.
¿Dónde has marcado más? Esa suele ser tu herida más activa. Si te reconoces en varias, es completamente normal: las heridas se entrelazan, y una suele esconder a otra.
Pequeño reto: quitarte la máscara un día
Conocer tu herida es el primer paso. El segundo es observar tu máscara en acción. Te propongo esto durante los próximos siete días:
- Elige tu herida principal según el mini-test.
- Cada noche, escribe una situación del día en la que tu máscara apareció (huiste, cediste, controlaste, te exigiste…).
- Anota qué sentías justo antes: miedo, vergüenza, desconfianza, rabia…
- Pregúntate qué habría hecho tu yo sin máscara. Solo imagínalo, sin obligarte a nada.
- Al séptimo día, relee todo. Verás patrones que antes no veías.
Es como quitarte las gafas con las que llevas toda la vida mirando. Al principio todo se ve borroso, pero poco a poco empiezas a ver con tus propios ojos, y no con los del niño asustado.
«Llevas años criticándote y no ha funcionado. Prueba a aprobarte y mira qué pasa.» — Louise Hay
Cómo se ven las heridas en la pareja
Las heridas no se quedan quietas: cuando nos enamoramos, se despiertan. El dependiente se engancha, el huidizo se escapa, el controlador vigila, el rígido se cierra y el masoquista se anula. Y a menudo nos atraen personas cuya herida encaja con la nuestra, como dos piezas de un puzle que se hacen daño.
Si quieres profundizar en esto, te lo explico en las heridas de la infancia en la pareja. Y si sientes que tu relación se ha vuelto un lugar donde las heridas se abren más que se curan, quizá te ayude leer sobre las relaciones tóxicas de pareja.
Lo que yo aprendí de mis máscaras
Yo tuve varias. Fui huidiza, por timidez; dependiente, porque como escribí alguna vez, «Fui joven y muy confundida, pensando que con que alguien me quisiera un poquito iba a ser suficiente.» Y también fui controladora, a través de unos celos que me hacían mucho daño a mí antes que a nadie.
No me las quité de golpe. Me las fui quitando con terapia, escritura, espiritualidad y mucha paciencia conmigo. Si al leer esto sientes que el dolor es muy grande, o que tu infancia incluyó maltrato o abuso, apóyate en un psicólogo o terapeuta: este mapa ayuda a entender, pero no sustituye un acompañamiento profesional.
Tu herida no es tu identidad
Detrás de cada máscara hay alguien que solo quería ser querido y protegido. Cuando lo entiendes, dejas de pelearte contigo y empiezas a cuidarte. Ese es el comienzo de todo.
Si has descubierto tu herida y no sabes qué hacer con ella, o simplemente te apetece compartir qué has sentido al leer esto, escríbeme. Estaré encantada de leerte.

