Hay dolores que no recordamos haber vivido, pero que siguen tomando decisiones por nosotros. Aparecen cuando alguien tarda en contestar un mensaje, cuando nos critican en el trabajo o cuando nuestra pareja dice «necesito espacio». De repente, el adulto que somos se hace pequeño.
Eso son, en gran parte, las heridas de la infancia: marcas emocionales que se quedaron abiertas cuando éramos niños y que, sin darnos cuenta, seguimos cargando en la mochila. Hoy quiero hablarte de ellas desde lo que he estudiado, desde lo que acompaño en mis sesiones y, sobre todo, desde mi propia historia. ¿Me acompañas?
Qué son las heridas de la infancia
Una herida de la infancia es una experiencia emocional dolorosa que un niño no pudo comprender ni procesar en su momento, y que dejó una huella en su forma de verse a sí mismo, a los demás y al mundo. No hace falta haber vivido una tragedia: a veces basta con sentir, una y otra vez, que no eras visto, que no eras suficiente o que el amor había que ganárselo.
Un niño no tiene herramientas para decir «esto que pasa en casa no es culpa mía». Lo que hace es sacar conclusiones: «si me porto bien, no se irán», «si no molesto, me querrán», «si lo controlo todo, no me harán daño». Y esas conclusiones se convierten en creencias que nos acompañan durante décadas.
Me gusta imaginarlo así: cada herida es como una piedra que guardamos en la mochila siendo pequeños. Al principio casi no pesa. Pero con los años, caminando cuesta arriba, empezamos a notar que algo nos frena… y ni siquiera sabemos qué es.
De dónde vienen: mi propia historia

No te hablo de esto desde la teoría. Yo misma lo viví. Como cuento en mi historia: «No me crié con un padre, solo con una madre, y mi relación con ella siempre fue muy negativa y conflictiva. Crecí en medio de lo que yo llamaría un campo de guerra: un ambiente lleno de mucha tristeza, amargura, y malos tratos físicos y psicológicos entre ellos.»
Y aquella niña creció. Pero la herida no se quedó en la infancia: me acompañó a la adolescencia, a mis primeras relaciones, a mi forma de mirarme al espejo. «Por muchos años fui terriblemente negativa, insegura, tímida, con muy baja autoestima. Insegura, miedosa, resentida, celosa, impulsiva. Sorprendente, ¿no? Pero muy real. Así era yo.»
Tardé muchos años en entender que aquella inseguridad no era «mi carácter», sino una herida pidiendo atención. Las heridas suelen nacer en situaciones como estas:
- Ausencia física o emocional de uno de los padres (o de los dos).
- Críticas constantes, comparaciones con hermanos o comentarios humillantes.
- Ambientes de conflicto: gritos, peleas, tensión permanente.
- Amor condicionado a las notas, al buen comportamiento o a no dar problemas.
- Promesas rotas o adultos en los que no se podía confiar.
- Tener que hacer de adulto demasiado pronto: cuidar de hermanos, consolar a un padre o una madre.
Quiero aclarar algo importante: hablar de heridas no es buscar culpables. Nuestros padres, casi siempre, hicieron lo que pudieron con lo que tenían, y muchas veces ellos también arrastraban sus propias heridas sin sanar. Entenderlo no justifica el daño, pero nos ayuda a soltar el rencor y a centrarnos en lo que sí depende de nosotros: sanar.
Cómo se manifiestan las heridas de la infancia en la vida adulta
La niña o el niño herido no desaparece al cumplir dieciocho años. Sigue ahí, reaccionando desde el miedo cuando algo le recuerda aquel dolor. ¿Te suena alguna de estas situaciones?
En tu autoestima
Esa voz interior que te dice «no eres suficiente», «seguro que lo haces mal» o «¿quién te crees que eres?» muchas veces no es tuya: es el eco de voces que escuchaste de pequeño. Yo lo viví durante años: «Mi voz crítica en mi mente constantemente me decía que no era lo suficientemente buena.» Tardé en descubrir que esa voz se podía cuestionar… y cambiar.
En tus relaciones y en la pareja
Es donde más se notan. Las heridas se activan con fuerza en la intimidad porque la pareja toca justo los mismos botones que tocaron mamá o papá. Miedo a que te dejen, celos, necesidad de controlarlo todo, dificultad para confiar o, al revés, huir en cuanto la relación se pone seria.
Te lo cuento con detalle en cómo afectan las heridas de la infancia en la pareja, y si te identificas con el miedo a quedarte sola o solo, te será útil leer también sobre la dependencia emocional.
En el trabajo
Pensemos en Andrés (un ejemplo, no un caso real). Andrés es brillante, pero no soporta que su jefa le corrija un informe: se pasa el fin de semana dándole vueltas y convencido de que le van a despedir. De niño, cada error en casa se pagaba con silencio y desprecio. Su reacción no es exagerada para el niño que fue; lo es para el adulto que es hoy.
En el trabajo, las heridas pueden aparecer como perfeccionismo, miedo a pedir un aumento, incapacidad para decir que no, o una sensación constante de ser un impostor.
Señales de que una herida está hablando
- Reaccionas de forma desproporcionada a algo pequeño y luego no entiendes por qué.
- Repites el mismo tipo de relación aunque cambies de persona.
- Te cuesta pedir ayuda o, al contrario, sientes que no puedes estar sin ella.
- Te exiges muchísimo y nunca te parece suficiente.
- Sientes un vacío que intentas llenar con trabajo, comida, compras o personas.
Las 5 heridas de la infancia: un mapa para conocerte

Una de las propuestas más conocidas para entender todo esto es la de la autora canadiense Lise Bourbeau, en su libro Las cinco heridas que impiden ser uno mismo. Ella habla de cinco heridas —rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia— y de las «máscaras» que construimos para protegernos de ellas.
No es un diagnóstico ni una verdad absoluta, sino un mapa de autoconocimiento que a mucha gente le ayuda a ponerle nombre a lo que siente. Te lo explico con calma, con ejemplos y con unas preguntas para identificar la tuya, en las 5 heridas de la infancia y sus máscaras.
De todas ellas, la que más veo en mis sesiones de pareja es la del abandono: ese miedo profundo a que te dejen, que convierte cualquier distancia en una amenaza. Por eso le he dedicado un artículo completo: cómo sanar la herida de abandono.
Cómo empezar a sanar las heridas de la infancia
La buena noticia es esta: una herida que se mira con amor empieza a cerrarse. No se trata de borrar el pasado, sino de cambiar la relación que tienes con él. Te comparto los pasos que a mí me ayudaron y que acompaño en consulta.
1. Reconocer que la herida existe
Parece sencillo, pero es el paso más valiente. Durante años yo me decía «eso ya pasó», «no me afecta», «hay gente que lo ha pasado peor». Hasta que entendí lo que hoy escribo así: «Algún paso para sanar mis heridas fue reconocer y aceptar que las heridas, y la necesidad misma, existen — esto implica ser honesta conmigo.»
2. Conectar con tu niño interior
Tu niño interior es esa parte de ti que todavía siente como sentías de pequeño. Sanar es, en el fondo, darle ahora lo que no recibió entonces: escucha, protección, ternura, permiso para equivocarse. Puedes hacerlo con visualizaciones, con una foto tuya de niño o escribiéndole, como te propongo más abajo.
3. Perdonarte
Muchas personas heridas cargan con una culpa que no les corresponde: por no haber sido «mejores hijos», por sus reacciones, por sus relaciones fallidas. A mí me pasó. «También aprendí a perdonarme […] y a aceptar que el dolor es una parte natural de la vida.» Perdonarte no es justificarte: es dejar de castigarte por haber sobrevivido como pudiste.
4. Observar tus reacciones sin juzgarlas
Cada vez que reacciones con más intensidad de la que la situación merece, en lugar de reñirte, pregúntate: «¿Qué edad siento que tengo ahora mismo?». Esa pregunta, tan simple, separa al adulto que eres del niño que se asustó. Y desde ahí puedes elegir cómo responder.
5. Buscar apoyo profesional
Hay heridas que se pueden trabajar con lectura, escritura y autoconocimiento. Pero cuando hubo maltrato, abuso, abandono grave o cuando el dolor te impide vivir con tranquilidad, lo más amoroso que puedes hacer por ti es pedir ayuda a un psicólogo o terapeuta especializado en trauma. Yo misma asistí a terapias específicas, porque como aprendí, «cada proceso es único y requiere tiempo y paciencia».

A mí fue la enfermedad la que me obligó a mirar dentro. Con un cáncer en cuarta etapa, a los 43 años, entendí para qué seguía viva: «era para sanar de una vez todas las heridas emocionales que venía cargando desde hacía muchos años, esas que ni siquiera sabía que llevaba conmigo.» Ojalá tú no necesites un maestro tan duro para empezar.
Ese camino de sanación me llevó a la escritura, a la espiritualidad y, con el tiempo, a acompañar a otras personas. Hoy sé que la herida no define quién eres; define por dónde puede entrar la luz cuando decides mirarla.
«Asumir nuestra historia y amarnos a lo largo de ese proceso es lo más valiente que haremos jamás.» — Brené Brown
Ejercicio práctico: la foto de tu niño interior
Te propongo un pequeño reto para esta semana. Solo necesitas una foto tuya de pequeño (si no tienes, sirve imaginarte), un cuaderno y veinte minutos tranquilos.
- Mira la foto durante un par de minutos. Fíjate en su cara, en su postura, en su mirada. Respira despacio.
- Pregúntale qué necesitaba entonces. ¿Que le abrazaran? ¿Que le dijeran que no era culpa suya? ¿Que alguien se quedara?
- Escribe tres frases que te hubiera gustado escuchar. Por ejemplo: «Estoy aquí», «No tienes que ser perfecta para que te quiera», «Tus lágrimas son bienvenidas».
- Léelas en voz alta, como si se las dijeras a ese niño o a esa niña.
- Anota cómo te sientes después. Si aparece tristeza, déjala estar. Es parte de la sanación.
Si el ejercicio te remueve mucho, no pasa nada: para, respira y retómalo otro día. No hay prisa. Sanar no es una carrera, es un compromiso contigo, un día cada vez.
Preguntas para reflexionar
- ¿Qué frase escuchabas de pequeño que todavía hoy te repites?
- ¿En qué situaciones sientes que «te haces pequeño»?
- ¿Qué patrón se repite en tus relaciones, aunque cambien las personas?
- ¿Qué necesitaría hoy tu niño interior para sentirse a salvo?
No tienes que tener todas las respuestas ahora. A veces la pregunta correcta ya empieza a abrir la puerta.
Tu historia no termina en tu herida
Si has llegado hasta aquí, quizá algo de lo que te he contado te ha tocado por dentro. Quiero que sepas que no estás roto ni rota: estás herido o herida, que es muy distinto. Y las heridas, cuando se atienden con paciencia y cariño, cicatrizan. Yo pasé de ser aquella niña que creció en un campo de guerra a una mujer que hoy vive en paz consigo misma. No fue rápido ni fácil, pero fue posible.
Si te apetece contarme tu historia o tienes alguna duda sobre por dónde empezar, escríbeme. Te leeré con el mismo cariño con el que me hubiera gustado que me leyeran a mí.

